Piernas

Hace un frío terrible en santiago. Hoy vi mis piernas y no podía evitar el notar lo flacas que están. Estoy en mis pantalones para trotar, son ceñidos y negros y cada vez que los miro contrastan con las paredes blancas de mi casa. Al espejo las miro y se ven tan distantes la una a la otra que no parece que se conectasen al mismo torso. Es como si fuesen dos solitarios postes separados por una calle. Se me viene a la mente cuanto necesito salir y ejercitarme. Trotar como lo hacía antes. Pero en cambio aquí estoy, esperando. Es un proceso que se siente familiar. Mientras caigo en la monotonía de mi habitación, me llega la realización de que no son solo mis piernas las que están aisladas. Es como si una parte fuese una triste analogía del entero. Estoy en un perpetuo día nublado, frío y solitario.

Las consideraciones sobre mi carácter y mi futuro me encaminan a un estado nocivo. Se separa la mente de mi cuerpo. Es una constante batalla y escucho a mi mente. Mi mente que ya no me quiere. Mi mente que solo quiere silencio. ¿Qué será? no sé ¿cómo llamarle? A veces siento que es lo que percibo como mi espíritu. Quizás lo que evita seguir a mi mente cuando entra en esos caminos sea solo la complacencia de mi carácter. No descarto que simplemente sea el miedo. El temor de desconocer a dónde llegaré.

El volumen de la música aumenta. Empiezo a dejar señales, trato de mandar un mensaje de auxilio y ser rescatado. Sé que nadie vendrá. No puedo sacar de mi cabeza la soledad que no desaparece. Grito y pataleo. ¿Desaparece el pensamiento cuando ya no lo escuchas? Si dejas de contemplar la idea ¿deja de estar ahí? Creo que la respuesta es obvia.

La tarde avanza, la música termina y me siento a recolectar mis pensamientos. No siento mis pensamientos. Esto debe ser tener la mente en blanco. Es una sensación ajena e incómoda

El momento se quiebra, tengo que ir al supermercado. Ya no queda pan. Me dicen que hace frío y que el viento sopla fuerte. Me pongo una chaqueta y una bufanda, sin embargo olvido cambiarme de pantalones. Los que llevo puestos no son para salir al frío. Está atardeciendo. No puedo sentir nada. Ya en la calle al otro lado del supermercado, trato de enfocarme en que no me atropellen. En Quilicura solo soy yo y los vehículos que van hacia el norte. Me cuesta recomponer mis pensamientos, siento que parar de pensar en los autos terminará conmigo atropellado solo me distrae.

En el supermercado las situación no es distinta. Busca el pan, asegúrate de que es el de oferta, mira la fecha de caducidad, ponte en la fila.

Todo requiere un mínimo esfuerzo consciente que me parece incomodo. La mente todavía no me ha vuelto al cuerpo y siento el vacío que me deja la debilidad de espíritu. Miro a la chica que diligentemente pone las compras de todas las personas en bolsas de plástico azul, ése es su trabajo. Es joven, no debemos tener más de dos años de diferencia y aún así siento una enorme distancia entre nosotros. Mi atención se centra únicamente en ella. Posee la belleza de la mujer chilena. Es joven y aún así despliega fuerza y determinación. La precisión de su labor la vuelva en un ser cautivante desprovisto de toda gracia tenue percibida anteriormente. En la fila para la caja dos solo está ella. Yo soy un espectador que mira desde lejos tratando de no perderme su movimientos tranquilos y metódicos. El vaivén de sus manos es lo único que me ata a este mundo.

Solo basta un segundo para mirar hacia atrás y romper el hechizo. Un chico que no conozco me hace una seña. Quiere que le siga. Doy un paso y mientras voy por el segundo vacilo. Todo se calma con el tercer paso, al notar que el chico dispone las cosas para abrir la caja uno. Él, ya sentado en su silla gastada, me mira –Hola, ¿cómo te va, amigo?–. Sus palabras salen con espontaneidad. Me quedo paralizado. En ese caos de carritos, plástico y luces enceguecedoras, me cueste creer la existencia de un acto que se asemeje a una interacción natural. –Serían mil pesos, compadre–. Ahora siento como si él estuviese ahí solo para mí. Me cuesta comprender y creo que el sonido de su voz llega a mi mente con un pequeño retraso. Sin embargo, ahí está, lo escucho. En un esfuerzo para descongestionar la fila que se armaba en el pequeño súper, el chico abrió la otra caja e inadvertidamente inició la realineación de mi mente con mi cuerpo. Le respondo torpemente con un billete verde y un intento de sonrisa. Me resulta dificultoso el movimiento. La chica ahora está al lado mío, la logro ver en mi visión periférica. Mientras pongo la bolsa de pan en mi bolsa de tela, noto que ella vuelva a la caja donde previamente estaba; ambos sabemos que no la necesito. La chica de la bolsa ya no significa nada para mí.

El regreso a mi casa se me hace menos arduo. Ya no necesito fijarme tanto en el tráfico y cruzar se vuelve natural. Al pasar a la otra calle, contemplo todos los pequeños puestos que están en la nueva avenida. A pesar del frío, parece que les iba bien. Noto un pequeño grupo comprando sopaipillas para escapar del frío.

Mientras cierro la reja de mi casa me rodean mis dos perras que, meticulosamente, me olfatean. A través de mi pantalón de ejercicio siento sus narices húmedas y el aire frío y caliente que inhalan y exhalan. Antes de entrar, me aseguro de que sus casas tengan todas las mantas y de que sus platos estén llenos de comida. Su dependencia hacia mí no me hace feliz. Siento el aprecio con su rápido meneo de colas y eso me es suficiente. Me quedo junto a una de ellas, Inés. Por alguna razón solo puede comer cuando estoy a su lado. Terminan y entran a sus casas, yo hago lo mismo.

Tras dejar el pan recién comprado pero jamás recién hecho, enciendo la luz de la escalera. Mientras pongo el pie en cada peldaño siento la debilidad en mis piernas. Ahora, un poco menos frías.

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