Chincol

 

«Esta ilustración inspiró este mini relató que publiqué en Instagram. Ahora que lo pienso, corresponde más a mi blog, así que aquí lo publico».

La gente que es más cercana a mí sabe que amo a los animales y que ya hace años vivo con Ines e Ivonne, las perritas que adoptamos. Sin embargo no siempre fue así, no siempre tuve a las niñas.

La tarde de hoy estaba tranquila y muy cálida. Tardes como ésta me transportan a un tiempo en el que vivía con mis abuelos, que vivía una vida de campo en pleno Santiago. Todo era muy simple y tranquilo, pero por sobretodo solitario, mis abuelos siendo sesenta años más viejos que yo. Los únicos que me conectaban a la infancia que estaba viviendo eran los pajaritos, llenos de vida y movimiento. Mi abuela ha tenido muchos animales, en especial aves (quizás unas treinta en su tiempo), unas iban de todos los colores del arco iris; otras no se despegaban ni para dormir y hasta algunas ponían huevos que luego comeríamos. Todas eran muy distintas, de canto muy alegre y de colores muy vivos, pero al final no importaba, estaban todas encerradas, todas tenían las alas cortadas. A medida que iba creciendo me fui desconectando de esas aves, ver a las representaciones de la alegría, paz y libertad encerradas era surreal.

Había un pájaro que se salvaba, el chincol. Quizás era muy simple, era cafecito y de su tipo habían cientos por todos lados. Los chincoles llegaban después de tomar el té, el que tomábamos en el patio, cuando había una tarde grata cómo la de hoy, ellos siempre llegaban por las migas de pan (que siempre eran muchas porque la marraqueta no faltaba), luego cantaban un rato, porque eran muy agradecidos, y se iban.

Siempre recuerdo lo linda que eran esas tardes con mis abuelos y los chincoles, esos que siempre fueron y serán libres, que iban y venían cuando querían.
Ahora no sé cómo me siento, quizás soy un ave de muchos colores y de bello canto, quizás simplemente soy un ave simple y común, un chincol entre miles. Quizás no es malo ser un chincol. Lo único que no quiero es que me corten las alas, quiero ser libre.

 

 

«El chincol en el centro cultural excarcel de Valparaíso; nos acompaña a mirar la ciudad y la mar».

 

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