La nieve de todos

La medianoche había pasado y la lluvia y el ventarrón cayeron sobre el invierno santiaguino. La temperatura bajaba y la lluvia daba paso a la rareza. Una nevazón como nunca cubría la capital. Ver las noticias encendía los recuerdos de mi niñez. Me llevaban a escasos pasajes en donde veía por la tele la nieve caer. Caía que caía, pero solo en un sector de mi ciudad. Miraba por la ventana y me sentía robado. En la comuna en donde vivía no era más que lluvia. Entonces me fijé en dónde caía la nieve, todo era limpio, los autos eran nuevos y no estaba lleno de basura. No como acá. Uno se podía armar hasta una casa con los escombros, amueblada con sofás llenos de hoyos, colchones sucios y teles rotas. Hasta se podía armar una casa con vista al canal, un canal lleno de perros muertos. Quedé con la idea de que solo la gente con plata tenía derecho a la nieve, como si se la hubiesen comprado. Sin embargo, esta vez fue distinto, la nieve cayó fuerte y en todos lados, y Santiago se despertó con un manto blanco.

De mi casa salgo poco y las veces que salgo, voy a los mismo lugares. Ahora, salí y me llevaron a una comuna en la que nunca había estado. Allí todo es distinto a la comuna en la que vivo ahora, parece que el mundo entero está parado en las esquinas. Muchos conversan, otros se paran ahí nada más y no dicen nada, están solos y parecen hacer guardia. Todos siempre atentos.

Todo el otro mundo está adentro. Todos apelotonados. Acá no hay casas, solo edificios que parecen caja de zapatos. Júntense más, que hace frío y a las ventanas les faltan vidrios. El frío no para a una señora que, con dos bolsas llenas de frutas y verduras, sube las escaleras. Las bolsas son enormes y lleva una en cada mano. La subida le cuesta. Lleva muletas, pero con el balance entre éstas y las bolsas, nada de lo que trae toca el suelo. Las escaleras son su única opción si quiere llegar al cuarto piso y no hay ascensor en este edificio, qué digo edificio, si parece caja de fósforos, igual de chico y con todos adentro apretados.

Afuera el Sol sale y con la poca nieve que queda, todo brilla. Entre todo ese laberinto de concreto y de rejas, una plaza y en la plaza, un niño. El niño juega y va de un lado a otro. De lejos me parece que está solo, pero, al ver más de cerca me doy cuenta que está junto a dos pequeños amigos. El niño le sonríe a uno y corre a sonreirle al otro, ellos no se pueden mover, claro, están hechos de nieve y no se quieren desarmar. Sus brazos son ramas y sus ojos son piedritas bien negras; se visten con un elegante sombrero de plástico que dice Coca-cola y un brillante botón de cobre que tiene un gran número diez.

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«Llegó la nieve a Santiago y, al igual que los chilenos, los muñecos de nieve son chicos» – Éstas es una foto que compartí en mi instagram.

Me acerco al niño y a sus amigos de nieve; yo siempre tímido (aunque nunca con miedo de hablar con gente) le pido que me los presente. El niño tiene una sonrisa de oreja a oreja y sus ojos, que son iguales que los de sus muñequitos, brillan más fuerte que la nieve al Sol. El cielo le había traído amigos para jugar. Me comenta cómo los hizo y que sus manos ahora le duelen un poco por el frío. Está fascinado, siento que apenas se lo cree; hablamos pero solo los mira a ellos. Me despido y los tres siguen con sus juegos, uno sentado en la banca, el otro reposa en el pasto y el otro corre que corre con su sonrisa y sus ojitos negros.

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Me alejo y caminó por la nieve, que de a poco alimenta al barro. Allá es todo barro. Allá es todo humedad, gente en las esquinas y edificios como cajas de fósforos. Sin embargo, ya no me siento tan triste, me hice unos amigos.

En Santiago cayó la nieve y esta vez, cayó en todos lados. Sin embargo, en Santiago las señoras siguen subiendo escaleras, siempre llenas de bolsas y bultos y siempre sin ascensores; muchos siguen viviendo en cajas de fósforos, siempre con ventanas sin vidrios y bien apretados para pasar el frío. Pero por lo menos las cosas han cambiado un poco. Mi niño del pasado nunca hubiese pensado que, ahora, muchos niños ya no tienen que ver la nieve caer por la tele.

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